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La Lectura en 5 movimientos

 
 


La lectura es un proceso de construcción de significados. Aunque los protagonistas de dicha construcción son, esencialmente, el autor y el lector, hay otros factores que hacen posible la lectura y sin cuya mediación lector y autor nunca se encontrarían: el contexto en el que se mueven; la dinámica por la que el editor valora la obra original y decide que la creación individual llegue a ser un hecho público; la producción material del libro y su circulación, que hacen que la obra adquiera una existencia social.

Los análisis sobre la lectura suelen hacer énfasis en la relación autor-lector, como punto inicial y terminal de la construcción del sentido. Aunque es verdad que el significado se produce en la convergencia entre el texto y el lector, tal convergencia sólo es posible, a su vez, en virtud de una dinámica social más compleja. En este trabajo proponemos ver esta construcción de significado también como una construcción social en la que intervienen otros mediadores. El conjunto de las mediaciones que constituyen la lectura puede describirse como una construcción en cinco movimientos.

 
 
 

:: Primer movimiento: a partir de su experiencia y con los materiales del lenguaje, el escritor crea un mundo hecho de palabras

En el principio hay un autor, es decir, un ser humano que opta por expresar sus experiencias o sus conocimientos, es esa forma peculiar de comunicación que es la escritura. Mediante ella, el escritor construye un mundo que no existía antes de ser escrito, hecho a partir del mundo compartido por todos y de su manera propia de vivirlo. Trabajando y modelando los materiales del lenguaje, el escritor compone un texto de palabras y silencios, con el que abre ese juego fascinante de crear significados que es la lectura.

Lo significado, sin embargo, no es lo que el escritor impone al lector. El escritor sólo ha tirado la primera carta. Las otras las pondrán los lectores. Y el juego será infinito, porque cada lector leerá el texto de una manera distinta cada vez. La obra del escritor queda visible y abierta al lector en un código de palabras. Abierta, porque tiene vida propia, existe y existirá independientemente de quien la escribió, pero cerrada a la vez, porque se necesitan las claves para penetrarla.

La palabra queda petrificada en la escritura. La expresión ha quedado como encantada en la materialidad de los signos gráficos. Sólo un lector podrá romper ese encantamiento. Pero antes, alguien tendrá que construir el espacio, el punto físico de encuentro entre autor y lector. El texto debe volverse libro.


:: Segundo movimiento: en el que se resuelve que el texto creado por el autor es de interés para un grupo de lectores.

Mientras el texto exista en forma de manuscrito tendrá, necesariamente, una existencia muy precaria. Y la tendrá hasta que alguien no reconozca su valor intrínseco y para un grupo de lectores. Esta es, justamente, la misión del editor.

"Editor" tiene aquí un significado amplio: es quien decide que una creación privada adquiera una existencia social y aporta los medios para que se publique, es decir, se convierta en un hecho público, que eso es lo que significa publicar. Porque para que la obra sea plenamente obra, es preciso que exista, no sólo para su autor sino para otros, que circule y se haga parte del tejido vital de la cultura. En esta misión le corresponde al editor un papel muy principal, como mediador de la rela ción que establecen el autor y el lector por medio de la lectura.

Un editor es, fundamentalmente, quien hace la manifestación o revelación de una obra. La palabra editor proviene del latín edere que significa literalmente dar a luz, engendrar, sacar o echar fuera. A partir del conocimiento que debe tener sobre las necesidades e intereses de los lectores, en el marco sociocultural de su tiempo, el editor selecciona, solicita, impulsa y, en ocasiones, crea por sí mismo obras que son producto del pensamiento; pone los medios humanos, económicos y técnicos necesarios para darle forma material en un libro y lo publica, lo da a conocer a los lectores. Pero el editor puede decidir igualmente no publicar, es decir, no dar a conocer una determinada obra, que permanecerá inédita para sus potenciales lectores por un tiempo o para siempre. Apoyado en motivos en los que suelen mezclarse sus valores, convicciones, creencias, gustos, prejuicios y hasta caprichos, un editor tiene la soberana potestad de sepultar en el silencio una creación valiosa para un grupo de lectores. Conscientes de este poder demiúrgico, los buenos editores se rodean de lectores críticos y les permiten que se constituyan en una especie de tribunal de la cultura que representa los intereses de los demás lectores.

El editor es, entonces, el primer lector. Es un lector elector y selector, que elige no sólo para sí sino para otros. Pero es también, de cierta manera, autor, porque termina dándole forma a la obra del escritor y la amplifica y hace que tenga resonancia para los lectores.

ara que la obra del autor sea conocida por los lectores, el editor debe comenzar por darle forma material en un libro que, cuando está bien concebido, no sólo es el soporte de la palabra escrita, sino que surge y resulta ser un reflejo del contenido. Lo que quiere decir que uno podría deducir, por la forma material del libro, los rasgos esenciales de su estructura interna. Con razón se ha dicho que el editor es el arquitecto del libro.

:: Tercer movimiento: el texto creado por el autor adquiere existencia para otros por la mediación del libro.

El libro es el soporte material del texto, o la for­ma que sirve para contenerlo. La historia del libro es una de las más fascinantes en todos sus aspec­ tos: como hecho cultural desde luego, pero tam­ bién como hecho técnico y de inventiva humana, para encontrar la forma material más adecuada y más bella de contener la palabra.

En el principio el libro fue de piedra o de arci­ lla; luego de piel o de corteza. "Los libros eran ro­ llos de papiro que se alineaban sobre los estantes de las bibliotecas, sus cilindros verticales como las cañas de un órgano, cada uno con su propia voz grave o delicada, osada o melancólica" (Italo Calvino). Al principio fue escrito a mano, como una extensión más directa del acto de creación del autor. Monjes benedictinos y cluniacenses, car­melitas y franciscanos copiaron e iluminaron las obras maestras de la antigüedad clásica y esos breviarios o libros de horas de formato pequeño, tan apreciados en la Edad Media tanto por cléri­gos como por laicos.

Para proteger esos valiosos folios, surgió el arte de la encuadernación que produjo cubiertas de orfebrería en madera decorada con relieves en marfil, plata, oro y piedras preciosas o, en los li­ bros más ordinarios, encuadernaciones en cuero repujado, de las que el gótico tardío nos dejó todo ese mosaico de figuras vegetales y grotescas, pero también imágenes de ángeles y santos, cazadores y amantes. La gran invención de estos artesanos fue la encuadernación de bolsa, antecesora del libro de bolsillo, que permitía que el libro -como los mo­ dernos walkman- pudiese ir colgado del cinturón del lector y lo acompañara a todas partes.

Es fascinante esta historia de la evolución del libro como invención técnica durante los cinco mil años que van desde los rollos de papiro egipcios en escritura hierática y demótica y las tablillas de arcilla de los sumerios hasta su forma moderna. Pero mucho más fascinante aún es adentrarse en el significado que el libro tiene para el hombre.

El libro es lugar de encuentro; es el espacio donde acontece el diálogo entre el autor y el lec­ tor. La metáfora del libro como espacio, como lu­gar, es frecuente entre quienes han escrito sobre un libro. Julián Marías, por ejemplo, se refiere al libro como una morada en la que habita el conoci­ miento, como espacio ideal al cual el lector puede irse a vivir durante un tiempo. El libro es saber que ocupa un lugar.

Para Descartes "la lectura de todos los buenos libros es como una conversación con los hombres más selectos de los pasados siglos que fueron sus autores y hasta una conversación estudiada en la que no nos descubre más que sus mejores pensa­ mientos". Los libros hacen posible el diálogo entre vivos y muertos, como Quevedo lo dijera en sus versos:

 



 
Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.
Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

En un bello texto titulado The Book, la historiadora Bárbara Tuchman prefiere ver los libros como los portadores de la civilización, depositarios y mediadores de la ciencia, la cultura y el espíritu de cada momento estelar de la humanidad. "Sin libros, la historia sería silenciosa, muda la literatura, inválida la ciencia, y el pensamiento y la imaginación permanecerían estáticos. Sin libros, el desarrollo de la civilización no hubiera sido posible. Ellos son los impulsores del cambio, las ventanas abiertas al mundo y (como lo ha dicho algún poeta) faros erguidos en el mar del tiempo. Los libros son compañeros, maestros, magos, banqueros de los tesoros de la mente".

os libros son la voz del hombre libre, la voz al­ ternativa que refluye y resuena sutil y vigorosa a la vez cuando la opresión y el terror intentan asfixiar la libertad del hombre. La censura, la persecución y la quema de libros son, por ello, medidas inhe­rentes a los regímenes totalitarios, interesados en tiranizar el pensamiento. Es más fácil ejercer el control sobre la televisión o la radio que silenciar el libro impreso. Puede decirse que toda revolución del pensamiento ha sido encendida por las ideasfuerza de algún libro. Sobre el papel de la imprenta en la sociedad ha escrito bellamente Charles Dickens: “El impreso es el amigo de la inteligencia, del pensamiento; el amigo de la liber­ tad, del derecho y de la ley; el impresor es el amigo de todo aquel hombre que sea amigo del orden... De entre todas las invenciones, de todos los grandes logros en el maravilloso progreso de la energía mecánica y la habilidad, la imprenta es el único producto de la civilización necesario para la existencia del hombre libre”.

Cuarto movimiento: la peregrinación en busca del libro.

"Un libro perdido en un océano de libros está perdido sin esperanza alguna. ¿Quién va a fletar una costosa expedición para localizarlo y rescatarlo?" (Gabriel Zaid).

Cada año se publican en el mundo cientos de miles de libros. La humanidad escribe mucho más de lo que puede leer. En un hermoso texto titulado ¿Adivinos o libreros?, Gabriel Zaid ha dicho con razón que "publicar es como soltar papeles de lo alto de una ventana: algunos son leidos, pero los demás ensucian las calles y se convierten en ba­ sura. Publicar es como lanzar mensajes en botellas al mar: es incierto que lleguen, aunque también es cierto que hay milagros".

No basta con que un libro sea editado e impre­ so para que sea conocido por sus lectores. De he­ cho, hay muchos libros publicados que todavía no han encontrado sus lectores. Dada la cantidad y diversidad de libros, es muy posible que nunca los encontrarán.

Asimismo, hay lectores que nunca encontrarán el libro que han buscado durante toda la vida. Es­ te es uno de los temas predilectos de Borges. "Co­ mo todos los hombres de la Biblioteca , he viajado en mi juventud: he peregrinado en busca de un li­ bro. No me parece inverosímil que en algún ana­ quel del universo haya un libro total..." Encontrar un libro, el libro, que contenga todos los libros y que satisfaga por fin esa búsqueda. "También sa­ bemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. El algún anaquel de algún he­ xágono (razonaron los hombres) debe existir un li­ bro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorri­ do y es análogo a un dios... Muchos peregrinaron en busca de Él".

Por fortuna existen entre el autor y el lector los que podemos llamar mediadores de la lectura. En primer lugar, el editor mismo, cuya misión no ter­ mina con la impresión del libro. Su verdadera mi­ sión es la de llevar el libro al lector, y para ello no sólo la fabrica sino que tiene que anunciarlo y ha­ cerlo accesible a los lectores.

Pero me interesa mencionar otros mediadores, tanto o más importantes que el editor, y sin los cuales el encuentro entre el autor y el lector nun­ ca se produciría, me refiero al profesor, a los ani­ madores de lectura, al crítico literario, al redactor de la página de libros de una revista o periódico, al compañero casual en el avión, al amigo que nos prescribe y apuesta todavía a prestarnos (I) un li­ bro, al vendedor de libros a plazos, al bibliotecólo­ go, al librero, en una palabra, a quienes nos contagian de libros y los hacen circular, a veces sin ni siquiera proponérselo.

Pienso que en los estudios sobre la lectura ha hecho mucha falta analizar y valorar la función esencial que cumplen estos mediadores en el pro­ ceso de leer. Todos ellos deben ser considerados como verdaderos provocadores, culpables de que sigamos leyendo. Gracias a ellos, el hilo de la lec­ tura nunca se interrumpe.

Quinto movimiento: el significado resulta de la transacción entre el autor y el lector

Pareciera que la obra del escritor. por razón de hallarse compuesta en el tejido de las palabras y de corporeizarse éstas en la trama tipográfica y la materialidad toda que constituye la arquitectura del libro, tuviera ya un sentido propio.

Sin embargo. puede decirse que la obra no existe hasta tanto no exista un lector. "¿Qué son las palabras acostadas en un libro? -se pregun­ ta Borges- ¿qué son esos símbolos muertos? Na­ da absolutamente. ¿Qué es un libro si no lo abrimos? Es simplemente un cubo de papel y cuero, con hojas: pero si lo leemos ocurre algo raro, creo que cambia cada vez... toda mi vida modifica el libro que estoy leyendo".

En los materiales del libro, fabricado por el edi­ tor, el mensaje del autor queda como congelado en el texto impreso. Pero el significado no se ha producido aún, hasta que un lector no rompa el encantamiento, por obra de la lectura. Un libro sin un lector es como una partitura que quedará sin interpretarse. En el texto hay una significación y en cada lector un significado. Para Valéry, un cambio de lector es comparable a un cambio en el propio texto.

El texto alcanza su significado en el proceso de la lectura. Pero este proceso puede verse de dife­ rentes maneras.

Según la concepción tradicional, la lectura es una acción mediante la cual el lector descifra el código escrito para reconvertirlo y comprender, con la mayor fidelidad posible, el significado pro­ puesto o, mejor, impuesto por el autor. Este signi­ ficado es algo inmanente al texto y debe coincidir con la intención que tuvo el autor al escribirlo, por lo que el lector que quiera penetrarlo debe aproximársele armado de un gran dominio del có­ digo lingüístico y de herramientas interpretativas que revelen la estructura formal del texto y arro­ jen luz para desentrañar su sentido profundo. La pretensión del método estructuralista es, justa­ mente, desentrañar las operaciones formales con las que el autor ha construido el texto y llegar así a una interpretación de la obra sobre bases objeti­ vas. La lectura se convierte en un trabajo de her­ menéutica enfocado a restituir y recomponer un significado oculto, impuesto por el autor.

Hoy se le ha dado un giro copernicano a esta concepción gracias a los aportes de la teoría lite­ raria, la estética, la sociolingüistica y la psicología cognitiva. En el marco de lo que se conoce como el proceso de producción y comprensión del discur­ so, la lectura implica toda una red de transaccio­ nes entre autor, texto, lector y contexto.

La lectura se concibe como un acto transaccio­nal, en el que el autor y lector crean un significa­ do que es obra de ambos, no sólo del autor. Este toma la iniciativa, aportando los elementos de una comprensión potencial (significación). Los actos de comprensión son guiados por las estructuras del texto, pero no están totalmente controlados por ellas. El lector aporta sus conocimientos y expe­ riencias anteriores, sus esquemas cognoscitivos, por no mencionar los procesos fisiológicos y neu­ rológicos que entran en juego en la operación de leer. Es en este encuentro donde se produce el significado. Allí donde el texto y el lector conver­ gen, ese es el lugar de la obra literaria. Para Lisa Biock de Behar, en su libro Una retórica del silen­ cio, es el lector quien actualiza y vuelve presente el texto: "El texto presenta una escritura compac­ ta que el lector descompone: los altibajos de su atención, controlados por sus intereses, deseos, conocimientos, ignorancias, van desarmando el texto original... Así el lector actualiza el texto: lo vuelve actual, lo trae a un presente y, por la mis­ ma acción, lo sustrae a la virtualidad en la que permanece, realizándolo vez por vez".

Lejos de ser una asimilación pasiva, en la que el lector se esfuerza por reconstruir la intención del autor, la lectura es una verdadera trans-ac­ ción, acción transitiva en la que lector y autor ne­ gocian y construyen significados. Y puesto que lo que ocurre es una verdadera interacción, tanto el que lee como lo leído se transforman: el que lee, por efecto de lo que el autor se propuso en la co­municación, y lo leído, por la apropiación que de ello hace el lector y la asimilación a su reallidad vi ­ tal, su tiempo, su intención o el momento en que hace la lectura. De donde no puede reducirse la obra a un significado único, que sería el que se conforma con la intención que se propuso el autor sino que, por el contrario, es una realidad abierta a infinitas interpretaciones que resultan de ser distintos los lectores y las lecturas. “Toda mi vida modifica el libro que estoy leyendo”, afirma con razón Borges.

El significado, atrapado primero en trazos ma­ nuscritos y luego en los caracteres tipográficos impresos sobre el papel, ha quedado escrito ahora de modo inmaterial en el lector, pero no como una copia de la escritura del autor, sino como recrea­ ción personal en la que se amalgaman las expe­ riencias y las formas como cada uno las expresa en el lenguaje. Después de este encuentro rnedia mediado por el libro, ya el lector no podrá volver a ser el mismo que era antes. Esta lectura ha modificado todas sus otras lecturas. Más aun, puede incluso llegar a convertirse de nuevo en escritura.

Coda: la lectura se transforma en escritura; el lector se convierte en autor, los libros generan otros libros.

Cada Libro nace en presencia de otros libros, en relación o en confrontación con otros libros. Es como si cada libro llevase en sí el germen de otros o, como imaginaba Italo Calvino, que los libros se generaran a partir de libros, como por una fuerza biológica propia del papel escrito.

La existencia del libro llega a su punto culmi­ nante en el momento en que, interpelado por el texto original, el lector pasa a convertirse en autor y reanuda una vez más el ciclo de la lectura.

A esto se refiere Roland Barthes cuando habla de “aplastar” una contra otra las nociones de es­ critura y lectura. El problema para él no es pasar de la escritura a la lectura, del autor al lector; es un problema de cambio de objeto, de cambio de nivel de la percepción; la escritura y la lectura de­ ben concebirse, trabajarse, definirse y redefinirse como un todo.

Quizás lo que exista es un libro infinito , del que los libros particulares son sólo capítulos que se van escribiendo. O podemos pensar con Calvino que es el discurso escrito el que pasa a través de la mano que escribe, y que el autor no es más que un instrumento de algo que se escribe i ndepen­ dientemente de él. Quizás, entonces “no somos nosotros los que escribimos los libros, sino los li­ bros los que nos escriben a nosotros”.

Luis Bernardo Peña Borrero. En Foro sobre el libro y la lectura, Cámara Colombiana del Libro, 1990.

         
 
   
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