En un bello texto titulado The Book, la historiadora Bárbara Tuchman prefiere ver los libros como los portadores de la civilización, depositarios y mediadores de la ciencia, la cultura y el espíritu de cada momento estelar de la humanidad. "Sin libros, la historia sería silenciosa, muda la literatura, inválida la ciencia, y el pensamiento y la imaginación permanecerían estáticos. Sin libros, el desarrollo de la civilización no hubiera sido posible. Ellos son los impulsores del cambio, las ventanas abiertas al mundo y (como lo ha dicho algún poeta) faros erguidos en el mar del tiempo. Los libros son compañeros, maestros, magos, banqueros de los tesoros de la mente".
os libros son la voz del hombre libre, la voz al ternativa que refluye y resuena sutil y vigorosa a la vez cuando la opresión y el terror intentan asfixiar la libertad del hombre. La censura, la persecución y la quema de libros son, por ello, medidas inherentes a los regímenes totalitarios, interesados en tiranizar el pensamiento. Es más fácil ejercer el control sobre la televisión o la radio que silenciar el libro impreso. Puede decirse que toda revolución del pensamiento ha sido encendida por las ideasfuerza de algún libro. Sobre el papel de la imprenta en la sociedad ha escrito bellamente Charles Dickens: “El impreso es el amigo de la inteligencia, del pensamiento; el amigo de la liber tad, del derecho y de la ley; el impresor es el amigo de todo aquel hombre que sea amigo del orden... De entre todas las invenciones, de todos los grandes logros en el maravilloso progreso de la energía mecánica y la habilidad, la imprenta es el único producto de la civilización necesario para la existencia del hombre libre”.
Cuarto movimiento: la peregrinación en busca del libro.
"Un libro perdido en un océano de libros está perdido sin esperanza alguna. ¿Quién va a fletar una costosa expedición para localizarlo y rescatarlo?" (Gabriel Zaid).
Cada año se publican en el mundo cientos de miles de libros. La humanidad escribe mucho más de lo que puede leer. En un hermoso texto titulado ¿Adivinos o libreros?, Gabriel Zaid ha dicho con razón que "publicar es como soltar papeles de lo alto de una ventana: algunos son leidos, pero los demás ensucian las calles y se convierten en ba sura. Publicar es como lanzar mensajes en botellas al mar: es incierto que lleguen, aunque también es cierto que hay milagros".
No basta con que un libro sea editado e impre so para que sea conocido por sus lectores. De he cho, hay muchos libros publicados que todavía no han encontrado sus lectores. Dada la cantidad y diversidad de libros, es muy posible que nunca los encontrarán.
Asimismo, hay lectores que nunca encontrarán el libro que han buscado durante toda la vida. Es te es uno de los temas predilectos de Borges. "Co mo todos los hombres de la Biblioteca , he viajado en mi juventud: he peregrinado en busca de un li bro. No me parece inverosímil que en algún ana quel del universo haya un libro total..." Encontrar un libro, el libro, que contenga todos los libros y que satisfaga por fin esa búsqueda. "También sa bemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. El algún anaquel de algún he xágono (razonaron los hombres) debe existir un li bro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorri do y es análogo a un dios... Muchos peregrinaron en busca de Él".
Por fortuna existen entre el autor y el lector los que podemos llamar mediadores de la lectura. En primer lugar, el editor mismo, cuya misión no ter mina con la impresión del libro. Su verdadera mi sión es la de llevar el libro al lector, y para ello no sólo la fabrica sino que tiene que anunciarlo y ha cerlo accesible a los lectores.
Pero me interesa mencionar otros mediadores, tanto o más importantes que el editor, y sin los cuales el encuentro entre el autor y el lector nun ca se produciría, me refiero al profesor, a los ani madores de lectura, al crítico literario, al redactor de la página de libros de una revista o periódico, al compañero casual en el avión, al amigo que nos prescribe y apuesta todavía a prestarnos (I) un li bro, al vendedor de libros a plazos, al bibliotecólo go, al librero, en una palabra, a quienes nos contagian de libros y los hacen circular, a veces sin ni siquiera proponérselo.
Pienso que en los estudios sobre la lectura ha hecho mucha falta analizar y valorar la función esencial que cumplen estos mediadores en el pro ceso de leer. Todos ellos deben ser considerados como verdaderos provocadores, culpables de que sigamos leyendo. Gracias a ellos, el hilo de la lec tura nunca se interrumpe.
Quinto movimiento: el significado resulta de la transacción entre el autor y el lector
Pareciera que la obra del escritor. por razón de hallarse compuesta en el tejido de las palabras y de corporeizarse éstas en la trama tipográfica y la materialidad toda que constituye la arquitectura del libro, tuviera ya un sentido propio.
Sin embargo. puede decirse que la obra no existe hasta tanto no exista un lector. "¿Qué son las palabras acostadas en un libro? -se pregun ta Borges- ¿qué son esos símbolos muertos? Na da absolutamente. ¿Qué es un libro si no lo abrimos? Es simplemente un cubo de papel y cuero, con hojas: pero si lo leemos ocurre algo raro, creo que cambia cada vez... toda mi vida modifica el libro que estoy leyendo".
En los materiales del libro, fabricado por el edi tor, el mensaje del autor queda como congelado en el texto impreso. Pero el significado no se ha producido aún, hasta que un lector no rompa el encantamiento, por obra de la lectura. Un libro sin un lector es como una partitura que quedará sin interpretarse. En el texto hay una significación y en cada lector un significado. Para Valéry, un cambio de lector es comparable a un cambio en el propio texto.
El texto alcanza su significado en el proceso de la lectura. Pero este proceso puede verse de dife rentes maneras.
Según la concepción tradicional, la lectura es una acción mediante la cual el lector descifra el código escrito para reconvertirlo y comprender, con la mayor fidelidad posible, el significado pro puesto o, mejor, impuesto por el autor. Este signi ficado es algo inmanente al texto y debe coincidir con la intención que tuvo el autor al escribirlo, por lo que el lector que quiera penetrarlo debe aproximársele armado de un gran dominio del có digo lingüístico y de herramientas interpretativas que revelen la estructura formal del texto y arro jen luz para desentrañar su sentido profundo. La pretensión del método estructuralista es, justa mente, desentrañar las operaciones formales con las que el autor ha construido el texto y llegar así a una interpretación de la obra sobre bases objeti vas. La lectura se convierte en un trabajo de her menéutica enfocado a restituir y recomponer un significado oculto, impuesto por el autor.
Hoy se le ha dado un giro copernicano a esta concepción gracias a los aportes de la teoría lite raria, la estética, la sociolingüistica y la psicología cognitiva. En el marco de lo que se conoce como el proceso de producción y comprensión del discur so, la lectura implica toda una red de transaccio nes entre autor, texto, lector y contexto.
La lectura se concibe como un acto transaccional, en el que el autor y lector crean un significa do que es obra de ambos, no sólo del autor. Este toma la iniciativa, aportando los elementos de una comprensión potencial (significación). Los actos de comprensión son guiados por las estructuras del texto, pero no están totalmente controlados por ellas. El lector aporta sus conocimientos y expe riencias anteriores, sus esquemas cognoscitivos, por no mencionar los procesos fisiológicos y neu rológicos que entran en juego en la operación de leer. Es en este encuentro donde se produce el significado. Allí donde el texto y el lector conver gen, ese es el lugar de la obra literaria. Para Lisa Biock de Behar, en su libro Una retórica del silen cio, es el lector quien actualiza y vuelve presente el texto: "El texto presenta una escritura compac ta que el lector descompone: los altibajos de su atención, controlados por sus intereses, deseos, conocimientos, ignorancias, van desarmando el texto original... Así el lector actualiza el texto: lo vuelve actual, lo trae a un presente y, por la mis ma acción, lo sustrae a la virtualidad en la que permanece, realizándolo vez por vez".
Lejos de ser una asimilación pasiva, en la que el lector se esfuerza por reconstruir la intención del autor, la lectura es una verdadera trans-ac ción, acción transitiva en la que lector y autor ne gocian y construyen significados. Y puesto que lo que ocurre es una verdadera interacción, tanto el que lee como lo leído se transforman: el que lee, por efecto de lo que el autor se propuso en la comunicación, y lo leído, por la apropiación que de ello hace el lector y la asimilación a su reallidad vi tal, su tiempo, su intención o el momento en que hace la lectura. De donde no puede reducirse la obra a un significado único, que sería el que se conforma con la intención que se propuso el autor sino que, por el contrario, es una realidad abierta a infinitas interpretaciones que resultan de ser distintos los lectores y las lecturas. “Toda mi vida modifica el libro que estoy leyendo”, afirma con razón Borges.
El significado, atrapado primero en trazos ma nuscritos y luego en los caracteres tipográficos impresos sobre el papel, ha quedado escrito ahora de modo inmaterial en el lector, pero no como una copia de la escritura del autor, sino como recrea ción personal en la que se amalgaman las expe riencias y las formas como cada uno las expresa en el lenguaje. Después de este encuentro rnedia mediado por el libro, ya el lector no podrá volver a ser el mismo que era antes. Esta lectura ha modificado todas sus otras lecturas. Más aun, puede incluso llegar a convertirse de nuevo en escritura.
Coda: la lectura se transforma en escritura; el lector se convierte en autor, los libros generan otros libros.
Cada Libro nace en presencia de otros libros, en relación o en confrontación con otros libros. Es como si cada libro llevase en sí el germen de otros o, como imaginaba Italo Calvino, que los libros se generaran a partir de libros, como por una fuerza biológica propia del papel escrito.
La existencia del libro llega a su punto culmi nante en el momento en que, interpelado por el texto original, el lector pasa a convertirse en autor y reanuda una vez más el ciclo de la lectura.
A esto se refiere Roland Barthes cuando habla de “aplastar” una contra otra las nociones de es critura y lectura. El problema para él no es pasar de la escritura a la lectura, del autor al lector; es un problema de cambio de objeto, de cambio de nivel de la percepción; la escritura y la lectura de ben concebirse, trabajarse, definirse y redefinirse como un todo.
Quizás lo que exista es un libro infinito , del que los libros particulares son sólo capítulos que se van escribiendo. O podemos pensar con Calvino que es el discurso escrito el que pasa a través de la mano que escribe, y que el autor no es más que un instrumento de algo que se escribe i ndepen dientemente de él. Quizás, entonces “no somos nosotros los que escribimos los libros, sino los li bros los que nos escriben a nosotros”.
Luis Bernardo Peña Borrero. En Foro sobre el libro y la lectura, Cámara Colombiana del Libro, 1990. |