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Luciano llegó a la casucha de adobe y paja que le servia
de vivienda, desde que su mujer lo abandonó para ir detrás
de aquel vendedor de sueños que conoció en el parque
de diversiones, en la fiesta patronal del año pasado.
El había vendido su casa del pueblo, de dos habitaciones,
un frondoso yvapovo y un coqueto jardín por que le dio “mala
suerte” , ya que allí perdió a su hijo de apenas
ocho meses, victima de un “ojeo” que los Doctores no
supieron curar y un año después perdió a su
mujer del modo que ya sabemos.
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El fogonazo de un relámpago alumbró por un instante
la puerta de tablas mal clavadas de su rancho que abrió fácilmente
de una patada; depositó su extraña carga en su catre
de lona, en medio de una manera de sábanas, ponchos y ropas
que odian a sudor, comidas y aguardiente – el aseo nunca fue
su fuerte – encendió una lámpara con una ansiedad
apenas contenida, que le hacia temblar las manos y el cuerpo entero.
Con infinito cuidado levanto el bulto, lo acercó a la luz
y observó primero el rostro y luego el sexo. Es un varoncito-
suspiro aliviado – pero es tan pequeño ¿cómo
haría para criarlo?
El niño comenzó a inquietarse ¡Que tendría:
hambre, frió?... Recordó que los bebes toman té
en los primeros días de vida. Calentó el agua en una
pava negra y preparó una infusión de hojas de naranjo
y se le dio con una cuchara a falta de mamadera; limpio el menudo
cuerpo con un paño húmedo; lo arropó con su
camisa blanca de los días de fiesta – la única
que estaba limpia – y se sentó en su mecedora de mimbre,
acunando aquel trocito de carne palpitante que el Señor de
la vida le había regalado, y que estaba esperando por él
en aquel baldío sucio y maloliente, como una flor de la esperanza.
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Por Teresa Servián de Sosa
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